Resumen: Del arte y la falta de arte en el discurso de la palabra ante los Tribunales y en las reuniones públicas se ocupa la Retórica. Entre los griegos, y hasta la época de Aristóteles, un aura negativa rodeó el empleo de ciertas de sus técnicas en la oratoria judicial. Fue muy responsable de ello la nada velada repugnancia que Sócrates y Platón experimentaron ante la aplicación de algunas de aquéllas por determinados retóricos de su tiempo, como Gorgias y Tisias, y asimismo, hacia Corax, su inspirador, aunque con repulsión mejor disimulada. Tal desagrado, no del todo ajeno al espíritu de las rivalidades escolásticas, podría parecer una reprobación demasiado remota o arcaica si no fuera porque la resonancia de su queja todavía hoy perdura. Además, si subsiste es también porque la severa increpación que Sócrates arrojó sobre tal proceder no parece haber perdido ni fuerza, ni actualidad tampoco. “En los tribunales –dijo– a nadie le interesa lo más mínimo la verdad [en relación con las cosas buenas y justas, ni en relación con los hombres que poseen estas cualidades por naturaleza o por educación], y sí, en cambio, lo que induce a persuasión. Y esto es lo verosímil, y a ello debe prestar atención quien vaya a hablar con arte. Pues ni aún se deben decir en ocasiones los hechos, en caso de que no hayan ocurrido de un modo natural, sino las probabilidades, y eso tanto en la acusación como en la defensa. Así que, cuando se habla, se ha de perseguir por todos conceptos lo verosímil, mandando mil veces a paseo la verdad”. De esta suerte, el indignado clamor del Fedro de Platón en contra de las persuasiones sostenidas en la “opinión de la muchedumbre”, impuso al argumento de verosimilitud (eikós) el gravísimo estigma de lo contrario a la verdad. Se contaminaba ab ovo una construcción discursiva (ars inventa disponendi en la narratio probabilis) que, de hecho, sólo a la causa operandi de su articulación lógica debería haber limitado la contrariedad de su protesta y su repudio. Desde entonces la licencia retórico-forense de acudir al empleo de argumentos verosímiles en la inventio narrativa hubo de cargar con el denigrante peso de aquella condena, y “verosímilmente” hubiera continuado soportándolo de no ser porque primero Aristóteles y más adelante Quintiliano les procuraron cierta reparación. |