Resumen: En un panfleto de los años treinta del siglo pasado dedicado a la historia
de la exaltación deportiva en las distintas épocas, se observaba como
ya, en aquel tiempo, para muchos “el deporte se había convertido en el
principal objetivo de la existencia” y como “la inclinación anormal a este
particular goce egoísta, a este singular modo de vida intensificado hasta
la manía, tiende a estar por encima de casi todas las actitudes del espíritu y del pensamiento”, concluyéndose amargamente con la observación de que: “Ha resucitado en otra forma el grito bestial de la antigua Roma. Esto sintetiza el apego frenético a esta tendencia colectiva”. Estas palabras parecen realmente recoger el clima de agitación de grupo en el que maduran con mayor facilidad los graves hechos de violencia que, con demasiada frecuencia, se producen durante el transcurso de las competiciones deportivas.
Por un lado, la Historia, con los disturbios en anfiteatros documentados
ya en época romana, y por otro, la triste noticia de la trágica muerte de inspector Raciti, llevan a una triste conclusión: exaltación deportiva y violencia parecen pertenecer a las “constantes” del deporte. Por lo demás, está sobre todo el sentido común para sugerir que la multitud es ya, de por sí, propicia para crear un clima ideal en el que los alborotadores, atraídos también por la probable impunidad de actuar en un grupo, puede dar rienda suelta a los instintos más bajos y a atávicos prejuicios, creando un efecto perverso de arrastre. Y la moderna dimensión de espectáculos de masas, alcanzada en particular por algunos acontecimientos deportivos como el fútbol, no origina una excepción en la activación de estos mecanismos Psicológicos y facilita la expresión de la agresión reprimida. |