Resumen: Desde Montaigne, para quién hablar de “las Universidades para la tercera edad era un verdadero desatino” (FREEMAN, 1979), hasta hoy, las percepciones sobre las posibilidades de que las personas mayores encuentren en las instituciones universitarias satisfacciones educativas y culturales, han cambiado. Muy pocas personas involucradas en las dinámicas de los mayores argumentarían en contra de esta posibilidad y nosotros, los que nos dedicamos a estudiar el universo educativo de los mayores, ya no nos preguntamos por las razones que apoyan la necesidad de que se promueva el aprendizaje en los últimos andaduras de la vida. Harry MOODY (1988) sí que lo hizo hace ya algunos años: “¿Por qué debería haber una política de apoyo público al aprendizaje en los últimos estadios de la vida?; ¿qué razones hay para extender la educación a ese período?” (1988:197). Para algunos eran suficientes razones las económicas para decir que no, ya que ningún país estaba dispuesto a financiar con fondos públicos la educación de mayores al mismo nivel e intensidad que se dedicaba a los más jóvenes. A MOODY, como a GLENDENNIG (1985:11), le preocupaba que esta propuesta educativa no fuera más que un eslogan llamativo, algo para adornar los programas electorales de los partidos políticos, quizás una manera de llenar el tiempo de los que envejecen en una sociedad del envejecimiento o, quizás, en una posición más extrema, una plataforma peligrosa para acabar domesticando lo que debería ser una tarea formativa. |