Resumen: Un matemático de la edad media, llamado “Leonardo de Pisa”,
por su lugar de nacimiento, pero conocido por su nombre de familia
como “Fibonacci” (Filius Bonacci), introdujo alrededor del 1200 una
numeración en las matemáticas que, para la posteridad, ha pasado a
ser un asunto casi inescrutable3. Será Johannes Kepler, ya en el 1600,
el primero en percatarse de la profundidad de la llamada «sucesión
de Fibonacci», cuyos efectos se prolongaban, más allá de las matemáticas, hacia la metafísica, la estética y las ciencias de la naturaleza. Kepler se dio cuenta, por ejemplo, de que la mayoría de las flores tienen una cantidad de pétalos que se corresponde con un «número de Fibonacci». Asimismo, advirtió que la forma en espiral según la cual las hojas de una plantan se alinean y crecen a partir del eje de un tallo, también estaba determinada por la numeración de Finobacci (Phyllotaxis). ¿No es algo extraño, que un astrónomo, dirija su mirada no sólo hacia las estrellas, sino también hacia las plantas? No lo era para Kepler, quien consagró su vida en la búsqueda de las claves de la armonía universal (Harmonia Mundi). Tal vez tampoco era extraño en otros tiempos: “Las plantas son a la tierra lo que las estrellas al cielo”, dicen los afganos en sus alegorías del cosmos, pintadas sobre huevos según viejas tradiciones. |