Resumen: En el otoño del año 1095, el papa Urbano II efectuaba en la ciudad francesa de Clermont un llamamiento a la cristiandad occidental para defender la Iglesia Universal y hacer frente a lo que consideraba una ilegítima ocupación de los Santos Lugares por el Islam: «Id a combatir al infiel, al enemigo de Cristo», aseguran, algunos presentes, que dijo este antiguo monje de Cluny, alentado sin duda por el cambio ideológico que había supuesto la Reforma Gregoriana. Nació entonces lo que se conoce como movimiento cruzado, un camino hacia oriente que tendría consecuencias trascendentales para el devenir de la historia. Una de ellas fue el nacimiento de las Órdenes Militares cuyos miembros, mitad freires mitad guerreros, se convirtieron en el ejército de choque de la Cristiandad, en «los soldados de Cristo» como gustaba llamarlos san Bernardo. El abad de Claraval fue el legitimador del modelo organizativo de las nuevas instituciones que el profesor Jonathan Riley- Smith definió, no hace muchos años, como «un monasterio militar en movimiento»3, conjugando acertadamente los tres elementos que caracterizan a estas instituciones: un nuevo ideal de monacato, una caballería que había dejado de ser la de los viejos diaboli para convertirse en una institucionalizada militia Dei y la frontera, un lugar impreciso e inestable donde una Iglesia en movimiento llevaba a cabo «la guerra por Dios», la cruzada. |