Resumen: Si la sociedad de la imaginación es, como suele entenderse,
el necesario enlace entre la sociedad de la información que
ahora vivimos y la sociedad del conocimiento que anhelamos,
es lógico suponer que para instalarnos en ella debemos rechazar
cualquier postura de comodidad o complacencia por los
logros conseguidos; antes bien, conviene que exploremos nuevas
posibilidades que nos permitan seguir avanzando hacia
un mundo mejor para nosotros y para las futuras generaciones.
La sociedad de la imaginación supone un cambio de actitud
muy importante; el principal, no dejarnos arrastrar por la
inercia y ser conscientes de que muchos de los avances de los
denominados progresos tecnológicos conllevan una serie de
efectos negativos que conviene considerar. Así, por ejemplo,
serían soluciones imaginativas a estos problemas, muy en
consonancia con esa sociedad de la imaginación a la que aspiramos,
la formación y actualización de todos los ciudadanos
(profesional y cultural, técnica y humanística) para facilitar
sin traumas la adaptación a los retos del futuro, el adecuado
tratamiento y reciclado de los excedentes de las nuevas industrias,
y la recuperación de materiales, alimentos, hábitos y
costumbres de probada eficacia para la salud (física y espiritual)
que habían sido abandonados en este proceso vertiginoso
de cambio en el que nos había sumido un desarrollismo incontrolado.
Como siempre, los cambios sociales se dejan sentir en el
lenguaje, y el reflejo lingüístico de mutaciones tan bruscas es
bastante evidente: entrada masiva de extranjerismos, exagerada
utilización de siglas y consecuente formación de nuevas
palabras por el procedimiento de la acronimia, aparición de
numerosos comodines y una evidente simplificación de la sintaxis. |